Opinión · Comité editorial de la CAT
El gran asalto (fallido) al poder: cómo Lula mandó a descansar la «motosierra» de la ultraderecha.
Cuando el algoritmo choca contra la realidad de la calle
Hay algo profundamente poético —y francamente hilarante— en ver cómo la autoproclamada «nueva derecha global», esa que gasta millones en ejércitos de trolls, memes algorítmicos y discursos de odio purificados en las cloacas de las redes sociales, se tropieza con algo tan rudimentario y molesto para ellos como la realidad de la clase trabajadora.
La reciente y épica victoria de Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil, que le da su cuarto mandato presidencial, no es solo una buena noticia para el gigante sudamericano; es un portazo en las narices de esa ola reaccionaria que pretendía instaurar la crueldad como política de Estado en América Latina. Con más de cuatro millones de votos de ventaja sobre Flávio Bolsonaro en la segunda vuelta del domingo 25 de octubre, el histórico líder del Partido de los Trabajadores (PT) demostró que el «negacionismo» y las modas autoritarias de importación estadounidense —muy al estilo de ese trumpismo rancio que tanto entusiasma a algunos por estos pagos— todavía sufren de una molesta condición: el pueblo vota.
1. El fin de la escala 6×1 y la venganza del sentido común
Mientras los laboratorios ideológicos de la extrema derecha soñaban con recortar hasta el último derecho social bajo la promesa mesiánica de destruir el Estado «desde adentro», el gobierno de Lula apostó por algo verdaderamente radical: devolverle la dignidad a la gente que madruga.
El avance más luminoso de esta gestión se concretó el 16 de octubre, cuando el Congreso brasileño promulgó, con Lula presente, una histórica enmienda constitucional empujada durante años por los trabajadores y sus sindicatos, y que ya es la envidia del continente:
- Adiós a la esclavitud moderna: se acaba, como regla general, la infame escala de 6 días de trabajo por 1 de descanso (6×1), esa trampa muy arraigada en el comercio y los servicios que convertía la vida de millones en una sala de espera para el infarto.
- Descanso de verdad: la Constitución ahora garantiza dos días de descanso a la semana (la escala 5×2).
- Menos horas, mismo sueldo: la jornada máxima semanal baja de 44 a 40 horas sin tocar un solo centavo del sueldo de los trabajadores: 42 horas dentro de los primeros 60 días y 40 horas un año después.
Resulta fascinante ver la cara de los ideólogos del libre mercado absoluto cuando la ciencia y la realidad económica básica les demuestran que, miren qué cosa, el descanso mejora la productividad. Se acabaron las justificaciones patronales basadas en el agotamiento mental y el síndrome de burnout crónico. Frente a la crueldad manifiesta de quienes querían convertir los derechos laborales en piezas de museo, Lula respondió con diálogo tripartito, fortalecimiento sindical y la certeza de que la riqueza también sirve para ser distribuida.
2. Las piruetas de la ultraderecha: entre buses fantasma y un escrutinio en pausa
Por supuesto, la ultraderecha global no iba a entregar el poder sin antes regalarnos un sainete digno de la mejor literatura costumbrista de Jorge Amado. La jornada electoral brasileña tuvo de todo: suspenso, denuncias de jugadas sucias de manual y una distopía jurídica digna de análisis psiquiátrico.
¿Se acuerdan de cuando los adalides de la libertad democrática lloraban fraude ante cualquier derrota? El domingo de la segunda vuelta llovieron las denuncias por buses que no salieron a la calle. En São Paulo, la campaña de Lula acusó que circulaba solo una parte de la flota; en Bahía, la Justicia Electoral llegó a ordenar la detención del secretario de Movilidad de Salvador, y la fiscalización encontró cientos de buses parados. Las alcaldías lo niegan (en Salvador dicen que retuvieron buses porque llevaban adhesivos del PT), y las denuncias siguen su curso. Pero la táctica denunciada tiene nombre por estos lados: el «secuestro de micros», hacer desaparecer mágicamente el transporte público justo el día en que los sectores populares y la clase trabajadora más humilde necesitan llegar a votar. ¡Preciosa muestra de amor a la democracia! Si la gente pobre no puede viajar, no puede votar. Simple, elegante y profundamente antidemocrático.
Por si fuera poco, nos regalaron un thriller judicial en tiempo real. Desde el mediodía, la campaña de Lula pedía al Tribunal Superior Electoral —presidido por Kassio Nunes Marques, el ministro que Jair Bolsonaro llevó al Supremo— extender la votación por la falta de buses. En el tribunal electoral el reloj siguió corriendo; la campaña acudió entonces al Supremo Tribunal Federal y, pasadas las 17 horas, cuando muchas mesas ya habían cerrado, el ministro Cristiano Zanin ordenó extender la votación hasta las 19 horas donde las urnas seguían abiertas. El TSE tuvo que pausar la divulgación de resultados cuando llevaba apenas el 0,25 % de las urnas, en un escrutinio que parecía un partido de fútbol infartante.
Los correligionarios de la ultraderecha salieron a rasgarse las vestiduras hablando de «intervención judicial», olvidando convenientemente que esa misma tarde su propia campaña también había pedido más plazo, por las lluvias en el sur, y que durante años intentaron convertir al aparato del Estado en su propio cortijo privado. Al final, ni los buses fantasma ni el reloj pudieron frenar una avalancha: Lula sumó más de 10 millones de votos entre la primera y la segunda vuelta, y dio vuelta un resultado que en la primera lo dejaba en segundo lugar. La famosa «motosierra» de recortes sociales e institucionales empezó a quedarse sin filo, justo a tiempo para dejar sin argumentos a sus émulos locales.
3. Una bocanada de aire fresco para una América Latina asediada
La victoria de Lula no es solo un triunfo interno de Brasil; funciona como una línea de freno en seco para el ímpetu reaccionario que recorre la región. El continente venía soportando los embates de discursos violentos, xenófobos, racistas y cargados de un individualismo feroz impulsado por redes sociales convertidas en cloacas digitales.
Con este resultado, gobernantes y proyectos políticos que apostaban por la destrucción de los tejidos sociales —desde las extravagancias de Javier Milei en Argentina y los intentos de emulación local, hasta las aventuras de la ultraderecha en Colombia o Centroamérica— se quedan sin el principal faro de validación regional.
La «virada» brasileña demuestra que el ciclo reaccionario no era ni tan inevitable ni tan eterno como los gurús de la comunicación política intentaban vendernos en sus consultorías carísimas (por cierto, bastante golpeadas en su credibilidad tras fallar estrepitosamente en los pronósticos).
El triunfo de los de abajo
Al final del día, las grandes transformaciones no ocurren por obra y gracia de los algoritmos de Silicon Valley ni por los berrinches tuiteros de los herederos del autoritarismo. Ocurren cuando los trabajadores del Brasil profundo, los anónimos de las periferias multiculturales y la militancia sindical deciden organizarse y salir a la calle a defender lo suyo.
Lula corona su larga trayectoria política con un cuarto mandato que sabe a revancha histórica, pero sobre todo, sabe a esperanza. América Latina respira un poco mejor. Los derechos laborales recuperan el centro de la escena política y la ultraderecha, por lo menos por un buen rato, tendrá que guardar su crueldad en el bolsillo y aprender a respetar las reglas del juego democrático.
¡Salud por los trabajadores de nuestra América!
Fuentes de los datos: resultados oficiales de la Justicia Electoral de Brasil (primera vuelta del 4 de octubre y segunda vuelta del 25 de octubre de 2026), informados por el TRE de São Paulo; Agência Brasil (Enmienda Constitucional 141/2026); Poder360 y Brasil 61 (extensión del horario de votación y denuncias sobre el transporte). La opinión corresponde al Comité editorial de la CAT.


